HERMOSILLO.- En el segundo día de actividades del FAOT No.
36, la gala de mediodía en el Palacio Municipal fue protagonizada por la joven
y enjundiosa soprano sonorense Rosa Dávila, nombrada Talento Joven en Canto
Operístico para este año. De entrada, se le agradece la presentación de un
programa que en general transitó por rutas poco usuales en este tipo de
recitales; no cualquier cantante arma un repertorio con fragmentos de óperas
como Louise de Charpentier, Le villi de Puccini, El cuento del Zar Saltán de Rimski-Korsakov o I masnadieri de Verdi.
Sobre todo en la primera parte de su recital, Rosa Dávila demostró, por un
lado, que le sienta bien la coloratura, y que se siente a gusto y centrada en
las arias turbulentas y apasionadas. Faltaba ver y escuchar cómo podría abordar
una dinámica vocal y dramática más lírica y pausada y, sobre todo con el aria
Depuis le jour de Charpentier, demostró que ese tipo de expresión tampoco le es
ajeno, y que puede dominarlo con credibilidad. Otro acierto en el programa
propuesto por Rosa Dávila fue la variada combinación de músicas en lenguas
distintas: francés, italiano, ruso, inglés, alemán. Esto puede parecer una
perogrullada, pero es bien sabido que muchos de nuestros cantantes sufren
cuando se salen de la zona de confort del italiano operístico usual. No así la
soprano originaria de Magdalena de Kino, quien transitó con prestancia entre un
idioma y otro. Observación final sobre este buen recital de mediodía: aun en el
formato limitado de concierto operístico, Rosa Dávila dio muestras de que puede
ser una buena actriz sobre un escenario de ópera. Ojalá haya oportunidad de
verla y escucharla pronto en ese formato más completo.
Por la noche, el Palacio Municipal fue sede también de la gala
nocturna, con el que sin duda fue el recital más esperado de este FAOT XXXVI:
el notable tenor mexicano Ramón Vargas, con el joven y talentoso Iván López
Reynoso al frente de la Orquesta Filarmónica de Sonora. La ocasión celebrada
con este recital fue la Medalla Alfonso Ortiz Tirado 2020, otorgada en
ceremonia previa a Ramón Vargas. Como él mismo lo dijo el día anterior al
recital, el cantante armó un programa conformado con el pan y mantequilla
básicos de su repertorio de los últimos años, transitando del bel canto
(Mozart, Donizetti) a la ópera romántica (Cilea, Verdi) y complementando toda
esta ópera con ejemplos de otras tres áreas de la música vocal que también le
son cercanas: la canción napolitana, la canción mexicana de concierto y la
zarzuela. A la usanza tradicional de este tipo de recitales, la OFS interpretó
algunas piezas sinfónicas a manera de preludios e interludios en el contexto de
las arias y canciones elegidas por Ramón Vargas. En esas piezas fue posible
percibir dos cosas: que la orquesta sigue progresando en su trabajo de equipo y
en la calidad de su sonido, si bien faltan algunas aristas puntuales por pulir.
El buen rendimiento de la orquesta sonorense se debió sin duda, en buena
medida, a la batuta de Iván López Reynoso, quien mostró comprensión estilística
en sus versiones a obras de Mozart, Donizetti, Verdi y Márquez. Especialmente
destacado, su manejo de los cambios de tempo en el famoso Danzón No. 2 de
Arturo Márquez. En la parte vocal de este sólido recital, Ramón Vargas continuó
con toda fluidez la transparencia planteada por director y orquesta en la
obertura a Las bodas de Fígaro en su diáfana interpretación de un aria de Don
Giovanni. Después de Mozart, el tenor abordó el siguiente paso en el desarrollo
del bel canto, con un aria dolorida de El duque de Alba y su emblemática
versión al aria Una furtiva lágrima de El elíxir de amor, ambas de Donizetti.
Al escuchar a Vargas cantando esta última pieza, se entiende claramente por qué
el personaje de Nemorino le ha rendido tantos y tan bien justificados
reconocimientos en todo el mundo. De ahí, Ramón Vargas efectuó una interesante
transición a la combinación de romanticismo y verismo de la música de Francesco
Cilea (de su ópera La arlesiana) para después dar marcha cronológica atrás y
abordar con profundidad y potencia un aria de I due Foscari de Verdi,
compositor particularmente cercano en esta etapa de su carrera al tenor
galardonado. Y después de Verdi, ¡venga lo popular! Ramón Vargas cantó
hermosamente una canción napolitana de Salvatore Cardillo sin apócrifos tics
mafiosos, y en la subsecuente Despedida de María Grever lució un registro grave
muy amplio de sonido muy bien anclado.
Concluyó la parte oficial de su recital marcando muy bien los contrastes
emotivos y expresivos de la famosa aria No puede ser de La tabernera del puerto
de Sorozábal, con atención tanto al estilo propio de la zarzuela como al
cambiante estado de ánimo delo protagonista. De regalo, una sabrosa versión de
Bésame mucho (Consuelo Velázquez, arreglo de Arturo Márquez) con algunos
adornos extra muy bien colocados, y un postrer homenaje al desaparecido José
José con su emblemática rola El triste. Bien cantada, pues, y bien celebrada la
Medalla Alfonso Ortiz Tirado, por un Ramón Vargas en un interesante y bien
cimentado punto de madurez en su carrera. Destacado también el trabajo de
acompañamiento de Iván López Reynoso, quien nunca le echó encima a la orquesta
y trabajó siempre en pro de la voz; ello habla de la buena asimilación de las
enseñanzas de su carrera operística, ya respetable.
En el ámbito de lo práctico, queda una duda en el aire: en la gala
inaugural del FAOT estuvo presente el supertitulaje, pero no en el recital de
Ramón Vargas. Sería interesante saber si hay una política unificada al respecto
en este FAOT 2020, que ha iniciado con dos muy buenos recitales, muy distintos
entre sí y muy satisfactorios.

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